Jugo de uvas

Siempre llega tarde, María. Insaciable con un racimo azul sólo para ti. Y beben. Dices. Que una vez sobre la mesa se te olvida tu vestido blanco y el piso se tiñe de morado. Que cada mañana lo recoges y te lo pones. El mismo vestido. Sus agujeritos cerca de la cintura. Que, carpintero, prometió reparar la ventana y todos sus huecos que te miran blanco que te miran noche y te da miedo que los puedan ver sobre la mesa. Mientras te pones el vestido. Él nunca dirá que no, como si escribiera lo que hablas con su mirada de tinta azul. Te besa. Pero tú dices, María, que se va. Entonces hurgas el cristal. Todos sus huecos lívidos como el tamaño de una uva. Dices. Nadie te ve. Encuentras. Te duelen los dedos de tanto buscar siempre que lo esperas. Insaciable. Pero tú dices, María, que se va, y toda te desnudas y te envuelves en tus holanes blancos. Y comienzas a sudar esas gotas grandes como tus lágrimas de antes, como el llanto del mismo color siempre que se va. Y buscas en toda la ventana. Dices que ya se fue. Es la última gota que escurre. Tu dedo en el hueco. Duele, María. Él prometió cambiar el cristal. Todos sus huecos parecidos a las uvas que comen sobre tu vestido blanco en el piso. Dijiste que siempre lo esperas. Y es tarde, María. Otra vez escurre la ventana un hueco grande y aún no llega, te dices. Duelen tus dedos, los holanes rasgados. Tu cabello alborotado. Ese pedazo de piel en el hueco plantado. Vestida de un vestido azul. Morado. El dolor como el tamaño de las uvas del frutero. Porque cuando ya no había uvas te comías sus dedos. Cómo disfrutaban sobre la mesa. Pero el hueco de la ventana, María. Siento que te miran. Tócalo. Ya nadie te ve. Y él no ha vuelto. Mejor quédate allí con un dolor insaciable a uvas. No salgas. Quédate con el olor a vestido de uvas maceradas. Quédate. Mira, nadie te ve.
Etiquetas: Por: Rocío Ríos

1 Comments:
¿Son tuyos los textos?? Están excelentes!
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